Mostrando entradas con la etiqueta Pequeñas historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pequeñas historias. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de noviembre de 2016

El bigote de Freddie Mercury

Queen visitó la República Argentina en febrero de 1981 para realizar un show en el estadio de Vélez Sarfield el 28 de ese mes como parte de la gira presentación de The Game. La imagen de su carismático y talentoso vocalista inundaba las pantallas televisivas de la época. No al ritmo frenético de estos tiempos, claro está. Pero lo suficiente para llamar la atención de un chico de cinco años. Primero, antes de la música, de las canciones, de los discos, Freddie Mercury me cayó bien por una razón muy sencilla.
Mercury portaba en esa época un respetable bigote, como usaba (y aún usa) mi padre. Con toda mi candidez infantil, en una especie de carácter transitivo aplicado a la personalidad de la gente, asocié el uso del mostacho con las cualidades de mi progenitor, de manera tal que todo aquel que se lo dejara pasaba a contar con mi simpatía casi incondicionalmente.
Así fue como Farrokh Bulsara, nombre de pila del genial Freddie, se convirtió en mi integrante preferido del cuarteto inglés. De esa misma manera, a través de esa particular manera de clasificar a la humanidad, Leopoldo Jacinto Luque, delantero al igual que mi papá e integrante de la selección argentina campeona del mundo en 1978, también ocupó un lugar en mi ranking de personalidades favoritas en esos años. Por supuesto, más tarde aprendí que el pelo entre el límite inferior de la nariz y el labio superior no era una cualidad exclusiva de los buenos. No hace falta buscar muchos ejemplos.
Después de aquella impresión inicial positiva, llegaría la música para darle contenido y profundidad al sentimiento. Las tardes enteras en la casa de mi abuela espiando los vinilos de A night at the opera y News of the world, el cassette de A day at the races, los acordes de Crazy little thing called love rasgueados con fervor militante y un amor que se impuso a la ausencia. Dios salve a Bulsara.

miércoles, 29 de junio de 2016

Como en el 86

La tarde del 29 de junio de 1986 fuimos campeones del mundo por segunda vez en ocho años. La selección argentina de fútbol, comandada por un Diego Armando Maradona monumental, venció por 3 a 2 a los rubios germanos y nos sacó a dar la vuelta. Allá en México, sobre el verde césped de un gigantesco Estadio Azteca, y acá, miles de kilómetros al sur, en el frío de la ciudad de la furia, girando como posesos por la alegría alrededor de un imperturbable obelisco porteño. Éramos los mejores del mundo.
Tres décadas después, ahí están el pasado y el presente conjugándose, mezclándose. Quiso el destino que la nueva frustración del seleccionado albiceleste (y de sus seguidores, por supuesto) al caer derrotado en la final de la Copa América Centenario (tercera caída consecutiva en instancias definitivas en tres años) haya coincidido con la semana en la que se cumplen treinta años de la obtención del título mundial. Circunstancia que vino acompañada con una exagerada nostalgia por los tiempos pasados. Tan ampuloso ha sido este imaginario retorno a los dorados días en tierras mexicanas que hasta parecemos estar convencidos, ayudados por los caprichos del balompié, de que una condena nefasta cuelga sobre nuestras espaldas. Ya nunca seremos tan felices como fuimos.
El fútbol es dinámica de lo impensado, amigos. Bien lo decía el periodista Dante Panzeri. Es imprevisible. Y también es una eterna renovación de esperanzas. Sólo resta a esperar que la pelota gire sobre su circunferencia para caer rendidos ante su hipnótico devenir, esperando que la próxima sea, de una vez por todas, la jugada que nos lleve a gritar campeones. Como en el 86. 

Para ponerle música al festejo de aquella coronación, armamos una lista de veinte canciones editadas allá por 1986.

viernes, 24 de junio de 2016

El tema del viernes: Adiós

Debemos estar atentos a las señales. A ciertas manifestaciones del universo que aparecen de manera imprevista para indicar algo que en nuestra confusión no llegamos a registrar e interpretar. Nos enroscamos en cuestiones sin solución, braceando desesperados entre los restos de un naufragio, ajenos a ese pedazo de madera que flota, a esa salvación en el medio del mar.
No hay que esperar esas señales en pocos frecuentes acontecimientos climáticos. O en apariciones fantasmales. A veces esos signos aparecen de forma inesperada en una situación de lo más cotidiana, algo de todos los días, en una acción tan normal y ordinaria como enviar y recibir un mensaje por whatsapp.
Ahí, envueltos en la corriente, desconcertados, preguntamos por preguntar: “¿qué estás escuchando?” y en la respuesta está cifrada la solución, el faro en la orilla que nos va a guiar a tierra firme. Algo hace clic en nuestras cabezas. Y nadamos. Crecemos. Porque mañana es mejor. 

jueves, 16 de junio de 2016

Uno entre catorce

Ayer nomás (pensaba yo sí algún día) les contaba que tuve que apelar a un ejercicio de memoria para rastrear la primera canción que me partió la cabeza. Esa búsqueda arrojó por resultado un tema de The Beatles, She loves you. En el mismo plan revisionista, el primer recital, otro de los hitos importantes y fundacionales de mi historia musical, tiene una resolución mucho más sencilla.
Domingo 16 de junio de 1991, Soda Stereo en el Gran Rex, uno de los catorce shows que el trío (acompañado en aquellas ocasiones por Andrea Alvarez en percusión, Twetty Gonzalez y Daniel Melero en teclados) dio en el histórico teatro de la avenida Corrientes. Un recuerdo excitante. Embriagador.
Pocas cosas dejan mayor huella en la cabeza de un joven amante de la música que el primer recital. La oscuridad previa y las luces de colores. El fervor creciente del público. La distorsión de la guitarra corrompiendo los sentidos y el golpe pleno de la batería para sacudir el cuerpo. Una mezcla que genera una adrenalina incomparable. Es una experiencia que formatea, que predispone a más.
Soda, mi banda favorita de todos los tiempos, a mitad de camino entre el pasado inmediato y el futuro cercano. Cerati, Bosio y Alberti en el punto más alto de popularidad de la criatura (cerraron ese 1991 con un show para 250.000 personas en la avenida 9 de julio) viajando de la energía valvular y setentosa de Canción Animal, el pasado inmediato, hacia el cambio, Madchester, Loveless y ese futuro incierto que fue Dynamo.

miércoles, 15 de junio de 2016

La primera canción

Estaba tratando de hacer memoria. De recordar, o al menos intentar, traer al presente el sonido de la primera canción que me gustó, aquella que plantó en mi la semilla de algo incontrolablemente bello y placentero. El génesis de la aventura de escuchar música, una aventura que tiene muchos principios, miles de caminos que se abren cada vez que apretamos el botón de play pero un punto de origen inequívoco. Un momento exacto, una melodía que puso en acción un encantamiento único y perdurable.
El rastreo por los insondables laberintos del recuerdo me llevo a principios de la década del ochenta. No, no se detuvo en canciones infantiles de esas que me hacían cantar en el jardín. Pasó cerca de Michael Jackson y su mega hit Thriller pero siguió su curso hasta encontrar esos acordes iniciáticos.
Finalmente, llegó la claridad. La primera canción que me gustó fue She loves you de The Beatles. Con apenas seis años de edad, me fascinó de tal forma que me era imposible dejar de escucharla en el viejo grabador familiar, rebobinando una y otra vez la copia de Veinte grandes éxitos de oro que la incluía. Sentando así el precedente de las que serían todas mis infatuaciones musicales futuras.

martes, 3 de mayo de 2016

Corre por tu vida

Corro entre dos y tres veces por semana. Más por necesidad que por verdadero gusto por la actividad, cosa que por ahora me mantiene alejado de cierta logia runner muy de moda por estos tiempos que… corren. Un año atrás, cuando los cuarenta aparecieron en el horizonte acercándose a velocidad crucero, se encendieron todas las alarmas y fue momento de poner los pies (y el bocho) en acción.
Una genética bastante benevolente me permite disimular las cuatro décadas con gracia y elegancia. Por lo general no suelen acertar la edad que tengo, lo cual no quita que no haya que cuidar el cuerpo. O al menos intentarlo. Además ciertos rollos rebeldes a la altura del abdomen pedían a gritos un tratamiento no invasivo. 
La fatiga que me generaba el leve calentamiento previo antes de jugar a la pelota, también fue otro indicador importante a la hora de intentar emular a Forrest Gump. El pique desde la línea de fondo hasta la mitad del campo de juego, en cancha de fútbol cinco, me dejaba en un estado similar al apunamiento.
Además de los innegables beneficios físicos que conlleva el ejercicio de correr, dicen por ahí que también ayuda a enfocarse, a aclarar los procesos de pensamiento y ordenar las ideas. No tengo ningún tipo de objeciones sobre lo primero, pero tengo mis serias dudas respecto a lo segundo. Después de transitar la pista de atletismo del Parque Chacabuco durante algo más de un año, puedo asegurar ante escribano público que mi cabeza sigue siendo un rompecabezas con piezas faltantes. Más sano puede ser, lo otro te lo debo.
Corro con música, es condición sine qua non. Auriculares in ear porque los de arco por razones obvias son inviables. Eventualmente, escucho algún disco completo, alguna novedad que se imponga. Pero lo que suena por lo general es una lista de canciones ideada especialmente para calzarse las zapatillas y salir a quemar calorías. Las piezas que la componen suele ir variando para mantener el interés, aunque hay algunas de ellas que son inamovibles, que conforman una suerte de columna vertebral. Un playlist energético y poderoso armado para que el climax llegue al final, cuando las energías están casi agotadas y los últimos metros se hacen eternos. Cuando necesitamos un empujón postrero para lograr el objetivo. Todos somos un poco Balboa cuando esos temas empiezan a sonar.

jueves, 18 de febrero de 2016

Otra historia de amor: Pablo Guevara

Compré mi primer bajo cuando tenía 14 años. Estábamos allá por el año 97/98, el furor de los años de oro (los hubo aunque sólo para algunos, claro) del menemato estaban en descenso continuo y me expuse en mi casa las ganas de tener mi primer instrumento. La plata que me daban mis padres, en vez de almorzar en el colegio o ir a bailar era celosamernte guardada para juntar el dinero. Pasé por un local de Quilmes que aún existe y vi un Samick imitación de un Musicman Stingray. La verdad es que me gustaba el modelo porque María Fernanda Aldana usaba uno así en El Otro Yo y Francisco Bochatón usaba el mismo modelo en Peligrosos Gorriones así que sentí que ese era el instrumento para mí. Lo usé durante unos 10 años. Aún hoy lo tengo y aunque ya no lo uso en vivo ni tampoco para ensayos, siempre está disponible en casa a la hora de componer o distenderme.
Sin embargo, me costó encontrar el modelo que me gustaba y creo que uno se va por un par de adaptando a necesidades y dinero disponible para encontrar lo mejor que se pueda. Ya estando en Idílica tuve un Epiphone Thunderbird Gothic IV que usé un año, grabé el primer demo de Idílica con él. Buen sonido, opaco, pero muy incómodo, hasta me trajo problemas de tendinitis que me llevaron a dejar de tocar por un tiempo. Luego pasé a un bajo que me trajo muchas satisfacciones: un Fender MB-5 japones. Lo compré baratísimo gracias a una chica que -en ese entonces- salía con un amigo. Ella lo tenía abandonado y lo usé como 5 años. Finalmente, cansado de las 5 cuerdas (que nunca usé, a decir verdad) pude comprar el bajo que quería: Un Fender Jazz Bass, de 4 cuerdas, origen mexicano con mango de maple. Brilloso, cómodo, muy buen sonido y fachero, claro. De hecho, el disco Exilio lo había grabado con el Fender MB-5. Cuando conseguí el Jazz Bass decidimos regrabar todas las líneas de bajo y el resultado final fue muy bueno. Otra virtud que tiene el bajo es su versatilidad: pude sonar filoso con un encordado 0.40 como lo usé para grabar Exilio y ahora tiene unas cuerdas 0.45 y recuperó un rango de medios/graves que no podía obtener del otro modo. Lo he prestado a amigos y siempre me lo han devuelto contentos con lo que pudieron grabar con él.

viernes, 22 de enero de 2016

El tema del viernes: What have I done to deserve this

En mis años mozos, a finales de la lejana década del ochenta, grababa enormes cantidades de compilados radiales en cassette. Mixtapes aleatorios, sometidos al capricho del musicalizador de turno y a las exigencias comerciales de las compañías discográficas. Un niño de diez, once años, con el gusto musical todavía en desarrollo, vulnerable a los acordes que salían de los parlantes, esperando agazapado, como un cazador aguardando por su presa, por una canción.
Durante esa vigilia frente al grabador, primero un Toshiba, más tarde un Fisher doble cassettera, no hacía otra cosa que esperar. En silencio, sin distraerme con otras actividades. Sólo escuchar. Los dedos tensos, preparados para saltar sobre las teclas play y rec, que debían ser pulsadas en simultáneo.
No era una tarea sencilla. No, señores. Una vez que la canción empezaba a sonar y que el grabador comenzaba a registrar la ansiada música en la cinta, quedaba esperar, implorar que el locutor/conductor pisará la introducción lo menos posible. Y que al operador no se le ocurriera meter el seco con el nombre de la radio en el medio del tema. No, no era fácil el asunto. Pero era uno de mis juegos favoritos.
Una de las tantas canciones incluidas en aquellos TDK grises de noventa minutos de duración, es la elegida para ponerle música a esta especie de carta de amor al desaparecido arte del mixtape radial, y de paso, cerrar la semana en DISCOS PERFECTOS. Con ustedes, ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (porque así la anunciaban) de los Pet shop boys. 

Pet shop boys – What have I done to deserve this
Del disco Actually (1987)

jueves, 6 de agosto de 2015

¿De qué te reías?

Plaza de Mayo. Salida de la línea A de subterráneos de Buenos Aires, la que está pegada a Casa Rosada. Debe ser lunes. O martes. Miércoles por ahí, pero no creo. Jueves o viernes seguro que no, porque esos días ya estamos todos con otro semblante, con otra expectativa en la cara, no una sonrisa (tampoco es cuestión de exagerar) pero al menos una mueca de satisfacción que preanuncia la cercanía del fin de semana. Supongo que toda la escena transcurre entre las nueve y las diez de la mañana. Retomo.
Plaza de Mayo. Los que hasta hace segundos eran pasajeros del subte ahora suben las escaleras en lenta procesión, ganan la superficie y me parece que alguno se cubre los ojos de los rayos del sol haciendo visera con la mano. La caravana gira hacia la derecha, por Balcarce, en dirección a Leandro N. Alem. Algo en esa fila me recuerda a los obreros que caminan como zombies hacia su trabajo en Metropolis. Hay algo familiar a aquella película de Fritz Lang en la cadencia de nuestros movimientos torpes y carentes de toda gracia. La vida imita al arte. O al revés. Sinceramente ya no lo recuerdo.
Ligeramente encorvados hacia adelante, con la espalda vencida por el peso de los planetas que cada uno eligió cargar, avanzamos sin preocuparnos por el entorno. Plaza de Mayo, la entrada a Mordor, o el paso hacia las montañas de la locura, es lo mismo. Un día más. Un día menos en el almanaque. De pronto el aire cambia, bueno no cambia en realidad, pero la figura sirve para justificar su entrada en el relato.
Separada del grupo, ella viene a paso ligero, ganando terreno a velocidad crucero con el pelo suelto, con rubios rulos rebotando sobre sus hombros, con la cartera colgada y un par de auriculares enormes cubriendo sus orejas. Al resto de los mortales suelen quedarnos ridículos esos aparatejos, como deformes, pero a ella le quedan hermosos. Una bella mujer, sin dudas. Una obra de arte en movimiento. Ella sonríe con ganas, casi a punto de estallar en una carcajada. Yo ya no puedo sacarle la vista de encima.
Acompaño su caminar y me pregunto con curiosidad qué es lo que estará escuchando que tanto la hace reír. Especulo porque es fácil. O al menos más fácil que ir a preguntar, cobarde. Imagino mil historias diferentes en pocos segundos y elijo una. Podría ser la radio, pero no. Ella está escuchando un disco. De los Beatles, si, si, seguro. El primer disco de Anthology 2. Está escuchando a Lennon y McCartney tentarse en And your bird can sing, pienso, porque esa versión siempre tiene el mismo efecto en mi. Ahora yo también estoy riendo.

viernes, 22 de mayo de 2015

El tema del viernes: Corre la voz

Una vez, hace mucho, mucho tiempo, vi a Richard Coleman simular su propia electrocución arriba del escenario. Fue una noche, una madrugada, a una hora en la que es más aconsejable tener la cabeza apoyada sobre una almohada antes que estar de pie con un vaso en la mano escuchando una banda que está dispuesta a arrebatarle un poco más de su salud a tus timpanos, durante un show de Los Siete Delfines en un lugar que estaba en el centro porteño, en la zona de Congreso, en la calle Bartolome Mitre. No, no retuve el nombre del establecimiento.
Solo o acompañado, más la primera que la segunda, tuve la costumbre de seguir a la banda de Coleman en cuanta incursión nocturna realizaran por la ciudad en aquellos años finales de la pasada década del noventa. Esa peregrinar por lugares diversos, y horarios extremos, desarrolló en mi una fidelidad inalterable hacia el ex cantante y guitarrista de Fricción que se prolonga hasta hoy.
Disfruten del señor Coleman, ex principe del dark argentino, acompañado por un tal Skay Beilinson en la guitarra y tengan un fabuloso fin de semana largo.

jueves, 16 de abril de 2015

Sincronicidad

Hay fuerzas que actúan más allá de nuestra comprensión humana. A veces pasa que la danza cósmica provoca la alineación de los planetas. El lento movimiento circular de los cuerpos celestes los coloca uno atrás de otro, de manera que no es difícil trazar una línea imaginaria que los atraviesa, los une, como una flecha que atraviesa los confines de la galaxia para acertar con toda la fuerza del destino en un lugar cualquiera de nuestro sistema solar, en una plaza, una avenida, o un bar. Un instante en el que todo complota, el ambiente, la compañía, la música (sobre todo ella, la única constante) para dar una señal inequívoca, como una epifanía, una revelación de algo que está a punto de pasar. O ya está pasando. Un instante en el que todo parece guionado para que suene la canción adecuada en el momento preciso.
Lo que estoy a punto de relatar es un ejemplo extraído de la vida real, aunque los nombres verdaderos de los protagonistas no serán revelados para mantener a salvo sus identidades.
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy cercana, dos que habían sabido mantener una relación, un noviazgo de algo más de tres años, se encontraron en una multitudinaria reunión (un encuentro de diez personas bajo un mismo techo justifica ampliamente el termino de multitud). Los ex tortolos, puestos a jugar en un engañoso modo amistad, se sentaron uno al lado del otro y comenzaron a departir con el resto de los asistentes, ignorantes de las fuerzas que empezaban a moverse en un plano superior.
Todo permaneció en los carriles normales de cualquier encuentro. Gritos, risas, botellas, vasos, brindis porque sí, chistes internos, bullicio, alaridos. Hasta que ellos, los dos protagonistas de la historia, los supuestos amigos, comenzaron a abstraerse del ruido exterior, entrando en un juego conocido, familiar, cómplice. Dejándose llevar. Ella, provocadora consciente, lo invitó a un laberinto de dobles sentidos, de decir sin decir, al que él se prestó sin mayores objeciones. Él sonrío más de la cuenta y fingió desentenderse ante una encantadora escena de celos.
Uno de los participantes de la reunión, conocedor de la historia previa entre los protagonistas, observó toda la escena manteniendo precautoria distancia. Cuando la perdida de compostura del muchacho ante las maniobras de la dama era evidente, llamó la atención de su amigo, pidiéndole que escuché la canción que sonaba en los parlantes del bar. Todo pasa por una razón. El universo gira, se expande y se contrae, pone la música para que nosotros nos entreguemos a la danza (are we humans or are we dancers?). Lo que sonaba en los parlantes del bar (Delirio, enfrente de la cancha de Ferrocarril Oeste) era Costumbres argentinas, la canción de Los Abuelos de la nada, justo en la parte en la que Andrés Calamaro canta, casi en forma de advertencia, eso de "muerdo el anzuelo y vuelvo a empezar de nuevo". Demasiado tarde. Él ya había mordido.


jueves, 25 de septiembre de 2014

No te presto nada


"Uhhhh. ¿Y esto? ¿Está bueno? ¿Me lo prestas?" Tres preguntas. Tres simples preguntas que llegan como una puñalada inesperada en nuestras espaldas. Un llamado a la madrugada que nos saca de nuestro bobo orgullo melómano para devolvernos a la realidad con un baldazo de agua helada. El amigo inoportuno que revisa nuestra discoteca, acaba de posar su mirada curiosa e inquisitiva sobre un disco X. Amigo que no satisfecho con sacarlo de su lugar, abrirlo, revisarlo, también quiere llevárselo prestado a quién sabe qué lugar. A que ominoso antro de destrucción y desesperanza. El horror. Una novela de H. P. Lovecraft desarrollándose en nuestra propia casa.
A esta altura del partido sabemos bien que da lo mismo. No importa que nos pidan prestado una copia de un disco que podemos conseguir con una breve excursión a la disquería o una edición limitada enchapada en oro que tuvo una sola tirada en 1997. Es un detalle. Todo lo que integra nuestra discoteca adquiere una relevancia sagrada. Fríos sudores recorren nuestra espalda cuando un elemento de nuestra colección logra, a pesar de nuestro pataleo, transponer la puerta en manos extrañas.
Somos obsesivos. Si. Lo decimos fuerte y con orgullo, a lo James Brown (?). Como electrificarlos puede ser una medida extrema (o no...) los discos puestos en orden alfabético colaboran con el control de la situación. Al igual que la planilla de excel con el contenido permanentemente actualizado, que sirve para realizar un chequeo cruzado de información, cada vez que una visita se retira de nuestra morada. De esta forma, podemos identificar cualquier falta o desorden.  Que no cunda el pánico.
Claro que no somos infalibles y estas precauciones pueden ser burladas. Pueden tomarnos desprevenidos y con la guardia baja, aprovechando el descuido para cometer sus fechorías. Como esa muchacha a la que solíamos frecuentar que se llevo Bicicletas de Serú Girán, y nos devolvió tiempo después la caja con un CD de Memphis La Blusera. O el soundtrack de Pulp Fictión, que salió de casa para musicalizar una fiesta y nunca más regreso.
No es fácil la vida del melómano. No caben dudas de eso. El debate ya está planteado: Prestar o no prestar, esa es la cuestión.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Amuletos

Crease o no, hay momentos en los que no sé que escuchar. Raros lapsos de tiempo en los que no puedo decidir entre uno u otro disco, en los que mi estado de ánimo envía una serie de señales confusas que no logro interpretar. De manera tal que puedo pasar un largo rato frente a la discoteca, o frente a la computadora, dependiendo del lugar en el que me asalte ese brutal momento de indecisión, con mirada perdida y gesto errante.
Cuando la duda amenaza con hacerse eterna, en su constante poner y sacar opciones en mente, hay dos canciones que siempre me rescatan de esos instantes de vacilación, que llegan para poner orden en el caos y alinear los planetas. Un par de temas a los que recurro como a amuletos, que al momento de sonar consiguen ponerme en balance. Es To wish impossible things de The Cure y esta versión en vivo de Ashes to ashes de, todos de pie, David Bowie. Ellos siempre tienen respuestas para darme. 
 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Héroes esposados

Hay una frase que afirma que aquel que recuerda los sucesos de la década del ochenta, es porque no los vivió. Más allá de esa sentencia, sobreviven historias, como leyendas, cuentos que fueron pasando de boca en boca, una especie de transmisión oral sobre noches de rock, excesos y raros peinados nuevos.  Dicen que en una de esas noches, un procedimiento policial de los que eran habituales en aquellas épocas, terminó con todos los asistentes a un show de Fricción, músicos incluidos, demorados en una comisaría porteña. Después de aquella complicada velada, la banda empezó a aconsejar a su público concurrir a los recitales acompañados de sus respectivos abogados. Y Coleman empezó a cantar Héroes, el mejor cover jamás realizado de la canción de (todos de pie) David Bowie, esposado al pie del micrófono.

jueves, 28 de agosto de 2014

El mejor regalo


Mis viejos me regalaron el primer disco de Soda Stereo, que al mismo tiempo fue el primero que tuve del trío, en enero de 1987. La cercanía entre la celebración de reyes magos y mi cumpleaños hace imposible determinar con precisión para cual de los dos acontecimientos eligieron el presente, un dato de todas maneras menor a la hora de medir el efecto perdurable que ese cassette tuvo en mis gustos musicales, que es casi como decir en mi vida.
Probablemente mis progenitores no tuvieran ni la más remota idea sobre el contenido de eso que me estaban obsequiando. Imagino que al acercarse la fecha, habrán corrido a la disquería más cercana y una vez allí habrán consultado con el amigo disquero sobre el regalo más conveniente para un niño de once años. Consulta que, haciendo breve una composición de tiempo y lugar,  teniendo en cuenta que a esa altura Cerati, Bosio y Alberti ya estaban en plena conquista de América, tuvo una respuesta obvia. Y un efecto a futuro todavía vigente.
Poco hay en ese disco editado en 1984, que ayer cumplió su treinta aniversario, del Soda Stereo que más tarde se transformaría en una de las bandas más importantes de la historia del rock nacional. Es difícil encontrar en Canción Animal o Dynamo, las obras máximas de la carrera del grupo, rastros de aquellas primeras canciones. El sonido remite claramente a The Police, una de las principales influencias del trío en sus comienzos, mientras que las letras de Cerati exploran el mundo con una mirada irónica, hasta permitiéndose inéditas referencias políticas con eso de "el régimen se acabo" en Dietético o el “creías que estabas lejos” de Un misil en mi placard, que luego dejará de lado para recurrir a una lírica más visual. Más spinetteana, por decirlo de alguna manera.
Soda Stereo, el álbum, sirve, más allá de su valor artístico y la forma poco piadosa en que lo ha tratado el paso del tiempo, como muestra del ímpetu juvenil de sus autores, de sus ganas de salir a tocar en un momento muy especial del país, y de la energía renovadora que impulsaba al rock de la primera parte de los ochentas. El primer paso en la carrera de una banda que evolucionó disco a disco. 
Para recordarlo, armamos un playlist de videos que recrea la lista de canciones, respetando el orden original, pero en versiones en vivo. Algunas de ellas, verdaderos hallazgos arqueológicos. Que lo disfruten.
Copense y cuenten como llegaron ustedes a Soda Stereo.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Otra historia de amor

En octubre de 2011, el sello independiente Concepto Cero publicó Los Ellos, un ambicioso homenaje a El Eternauta, la mítica historieta creada por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López. El disco incluía dieciocho canciones originales de un verdadero seleccionado del rock under, indie, emergente, vernáculo. Uno de los momentos más altos del álbum era La guerra psicológica, canción de una banda platense llamada El Perrodiablo. Fue el primer llamado de atención.
Tiempo después, en marzo del 2012,  cuando Los Ellos tuvo su presentación oficial en Niceto, el show de El Perrodiablo terminó por inclinar la balanza, y la banda se ganó nuestro cariño para siempre. Rock en estado puro, tocado como debe ser tocado, en forma urgente. Como sí la vida y la muerte se pusieran en juego sobre el escenario.
El espíritu, tercer disco de la banda, sucesor de Orgía políticamente incorrecta, sirvió para confirmar todo lo anterior. Nueve canciones salvajes, que tenían en Elmonje negro una conclusión incendiaria. Para nosotros, fue el trabajo discográfico nacional más destacado de 2012.
Ahora, El Perrodiablo se prepara para lanzar Cacería, su nuevo disco, que será editado por Oui Oui Records. Pacto de no agresión, el adelanto al que pueden dar play y disfrutar acompañando estas líneas, nos demuestra que, una vez más, no seremos defraudados. Que sea rock.   

viernes, 27 de junio de 2014

El tema del viernes: Red right hand

Es poco usual recordar cual fue la primera canción que escuchaste de un artista determinado. Es una información que suele quedar oculta en el disco rígido de nuestras mentes a la espera de ser borrado en alguna limpieza, o rescatado por algún oportuno back up. Sé, por ejemplo, que Red right hand, El tema del viernes de esta semana, fue mi estreno absoluto en la obra de Nick Cave.
Originalmente grabada para Let love in, el álbum que Cave y su banda editaron en 1994, yo tome contacto con ella gracias a Songs in the key of X, un disco recopilatorio en el que participaron varios artistas de renombre (Foo Fighters, Sheryl Crow, Frank Black y Elvis Costello, por nombrar algunos) con canciones inspirados en la serie The X Files.
Encontré Songs in the key of X en las bateas de Zivals, una tradicional disquería ubicada en el centro porteño, una tarde del invierno de 1996. Como melomano y buen fan de las aventuras de Mulder y Scully, los protagonistas del programa en cuestión, sentí la imperiosa necesidad de comprar el disco. No fue fácil alzarme con el trofeo. Sin el dinero suficiente para adquirirlo en ese preciso momento, tuve que salir corriendo, literalmente, para tomar el subte, volver a casa a conseguir el efectivo necesario para efectuar la transacción (¿dónde estabas cuando te necesite, American Express?) , regresar al subte y llegar al lugar nuevamente, con la angustia de pensar que alguien podría haberme ganado de mano. Cosa que finalmente no sucedió. Mi pequeña gran victoria personal. 
Denle play que es un temón, descansen, disfruten del mundial que está buenísimo y tengan un glorioso fin de semana. 
Nick Cave & the bad seeds - Red right hand
Del disco Songs in the key of X (1996)

miércoles, 28 de mayo de 2014

Camino a Brasil IX

¿Dónde estabas en el 86?¿Dónde estabas exactamente el 29 de junio de 1986? Yo lo sé. Y eso representa el único recuerdo completo, entero y coherente que tengo de mi primer mundial en pleno ejercicio de mis facultades futbolísticas. Lo demás está fragmentado. Suelto. Un gol por acá. Una mano de dios por allá.
Ese domingo 29, era feliz, ese tipo de felicidad que sólo una pelota te puede dar. Todo parecía alineado para el festejo. Con goles de José Luis Brown y Jorge Valdano, Argentina le ganaba 2 a 0 a Alemania en la final de la Copa del Mundo disputada en México. A mis diez años, todavía con escaso registro de lo imprevisible del balompie, desconocedor del porfíado caracter gérmanico (no por nada, tiempo después, el goleador inglés Gary Lineker definiría al fútbol como ese juego donde veintidós tipos corren durante noventa minutos y en donde siempre ganan los alemanes), confiado en la amplitud del resultado, abandoné la seguridad del cuarto de mi abuela, donde había mirado el partido desde el comienzo, para reunirme con el resto de la familia en la cocina e ir palpitando el desenlace victorioso. La reacción de los de camiseta verde, el empate  y las miradas poco amistosas me devolvieron rapidamente a mi lugar de origen.
Todos sabemos como termino esa historia. Pase de Maradona, Burruchaga, corrida, Briegel tomándole la patente al siete albiceleste, Schumacher atornillado a la línea del arco, saliendo tarde y desarmado, toque suave, esquinado, gol, gritos, terminalo Arpi Filho, dale campeón, la copa, Obelisco. De manera que puedo decir que, así como Hector Enrique sostiene que Diego Armando Maradona no hubiese convertido su fabuloso segundo gol ante Inglaterra sin su pase previo en la mitad de la cancha, en cierta forma la selección no hubiera obtenido el campeonato del mundo sin mi ayuda.
La novena etapa de nuestro repaso por canciones futboleras, nos trae a Tachenko, un grupo indie español, con 1986. Ahora faltan quince días, veinte horas y cincuenta y ocho minutos para que esta eterna espera de cuatro años llegue a su fin y un nuevo mundial se apodere de nuestras vidas durante un mes.

jueves, 3 de abril de 2014

Camino a Brasil

Mi relación de amor eterno e irrenunciable al bello deporte del balompié se multiplica exponencialmente (créanme, es posible) cada cuatro años. Si, doy un valiente paso al frente y me asumo como uno más de esa inmensa mayoría que mide los eventos de su vida usando los mundiales como punto de referencia.  
Empezando con México, mi primer mundial en pleno ejercicio de mis facultades futboleras, el recorrido sería más o menos así:
Bien, a pesar de ser enemigo de ese fenómeno que pretende trasladar los rituales del fútbol, o de la tribuna mejor dicho, al rock, a setenta días, tres horas y cincuenta minutos del comienzo de una nueva edición de la máxima competencia, me pareció  atinado comenzar una pequeña búsqueda de aquellas canciones que mejor hayan sabido interpretar las maravillas del arte que se juega con los pies.
Para arrancar este repaso que pretende ser semanal, a manera de conteo regresivo hacia el kick off del próximo 12 de junio, elegí un tema del disco debut de Bestia Bebé. Una oda a uno de los mejores futbolistas que me ha tocado ver en mi vida, el único e inigualable Rubén Paz, el uruguayo.
Comenten: ¿Qué canciones sobre el fútbol se les vienen a la mente?
Bestia Bebé - El uruguayo
Del disco Bestia Bebé (2013)

miércoles, 5 de marzo de 2014

Besos a marzo

Para muchos, por no decir la mayoría, marzo tiene algún tipo de connotación negativa. Y no deja de ser lógico. Se terminan las vacaciones, se termina el verano, empiezan las clases, la ciudad retorna a su habitual caos, la vuelta forzosa a la rutina diaria. Así visto no parece tener muchos alegatos a su favor.  Sin ser de los que miran la mitad del vaso que está llena, desde hace tiempo tengo por este mes un particular aprecio.  Un cariño que se remonta a mis primeros años de secundaria.
No me malinterpreten. No me gustaba arrancar el colegio y sin dudas estudiar no entraba en mi lista de actividades favoritos.  Pero el hecho de reencontrarme con mis amigos, porque hay una época en los que los amigos sólo cumplen esa función de marzo a noviembre, durante el transcurso del ciclo lectivo, me cambiaba la perspectiva del tedio escolar. Además, y creo que fundamentalmente en esto radica mi militancia marzista (no confundir con marxista, por favor), di mi primer beso una noche de viernes, en el tercer mes de 1990.
Ese verano, tuve  algo parecido a un noviazgo con una vecina, de la cual no revelaré el nombre para preservar su intimidad. Llevábamos saliendo algunas semanas y yo no lograba encontrar la manera y el lugar oportunos. ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Pedírselo? ¿Preguntarle sí le gustaría besarme? ¿Sí acaso tenía ganas? Uno cree que tiene una mínima idea de lo que debe hacerse cuando se llega a esa situación límite. Conocimiento o seguridad que desaparece al momento de ir a los bifes. Después de largas cavilaciones, de noches en vela, tomé la decisión de actuar. Y finalmente lo hice.
Quisiera poder decir que mi actuación fue destacada. Que tomé su rostro entre mis manos y que ambos supimos al mirarnos que el desenlace era inevitable, mágico y excitante. Que escribiríamos una página gloriosa en nuestras respectivas historias. Que convertí un simple beso en algo memorable, aunque el hecho de ser mi primer beso de todas maneras le haya conferido esa distinción. Pero  no. En honor a la verdad, fui torpe y poco galante, comportamiento que (salvo honrosas excepciones) repetí en casi todos los primeros besos que le siguieron.
Me abalance sobre ella sin previo aviso, en la puerta de entrada del edificio donde yo vivía. Como esos leones que vemos saltar sobre su presa en Discoverý Channel, pero sin la gracia y la cámara lenta. La arrinconé y pegué mi boca a la suya sin saber muy bien qué es lo que debería hacer una vez propiciado el contacto. Movimos nuestras cabezas de un lado al otro, casi como en las novelas. No hubo exploraciones odontológicas, ni lenguas en contacto. Fue más como un pico en continuado. Un pequeño paso para la humanidad, pero un enorme salto para un adolescente de catorce años.
Ahora, veinticuatro años después casi exactos, puesto a rememorar aquella proeza, entiendo que probablemente la mejor opción a la hora de ponerle banda sonora a la hazaña, como si se tratase de la película de mi vida, sería la música que Bill Conti compuso para Rocky. O Chariots of fire de Vangelis, para darle al asunto su verdadera dimensión épica. Claro que si lo pienso bien, si cierro los ojos y me dejo llevar hasta esa noche, la única canción que suena en mi cabeza, es esta…
Comenten: ¿Recuerdan su primer beso? ¿Qué canción le pondrían como banda de sonido?

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...